El metajuego siempre como herramienta útil.

No solo porque gracias al metajuego se puede simular algunas actuaciones que llevarían tiempo de juego inútil (como por ejemplo, saber que para acabar con un troll es necesario fuego o que los vampiros huyen de la luz) sin tener que estar en cada partida diciendo cosas como “me voy a hablar con los lugareños y visito bibliotecas y almuerzo con el mago y me hago amigo de ese tabernero aventurero” para luego poder hacer una tirada de conocimientos, sino que directamente, en nuestro caso hacemos caso omiso de esas cosas. Si el jugador lo sabe, se supone que el personaje ha hablado con la suficiente gente como para saberlo.

Y alguno me podría decir… “ya, pero es que no ha visto a ninguno y acaba de empezar”.

Y mi contestación es “¿cuántos zombies has visto tu en tu vida real?… ¿y dónde hay que dispararles?”. Pues eso.

Pero es que además el metajuego no solo es algo que influye en el juego. No es algo que haya salido de la noche al día. Con mi grupo de juego llevo años, años jugando juntos. El metajuego es otra forma de jugar. No juego igual con mi grupo de juego que con otras personas, porque el metajuego le da el sabor que tiene que tener cuando juego con ellos.

Son mis amigos. Y son muchos años. Sin ese metajuego, esas partidas no son las mismas.

Esta entrada pertenece al ciclo del Desafío de los 30 días, en su 4ª edición, que puedes seguir aquí: Desafío de los 30 días



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