Hoy, mientras trabajaba, me ha venido a la cabeza una historia que ocurrió hace tiempo, y que creo que no he contado en ninguno de los blogs que he tenido, aunque los amigos de mi entorno la han escuchado, algunos varias veces, mientras que otros participaron en ella.

Hace mucho tiempo, cuando estudiaba en la universidad, a finales de los 90, un grupo de amigos teníamos un piso en alquiler que utilizábamos para jugar, montar alguna que otra fiesta, beber, y sobretodo como punto de encuentro. Como tal, nos permitía tener una serie de actividades con continuidad en el tiempo, y siendo la mayoría de los miembros del piso del género masculino, pues una de esas actividades tenía que ser, indefectiblemente, la quiniela.

Todas las semanas jugábamos a la quiniela, con nuestros propios métodos de creación, nuestras decepciones y nuestros éxitos. Y así como hay gente a la que nunca le toca, a nosotros nos tocó.

No recuerdo la fecha exacta, pero si que recuerdo varias cosas que se quedaron en mi memoria. Por ejemplo, recuerdo que en aquella época uno de los partidos se retransmitía el lunes, sino recuerdo mal, en Antena3. Otra de las cosas que recuerdo es que la quiniela constaba de catorce resultados y el pleno al quince. Además, recuerdo que el bote para el ganador de aquella semana se salía de la tabla.

El sábado comenzó bien, aunque nadie se dio cuenta hasta el domingo. Los partidos jugados, acertados. Pero bueno, es algo que suele pasar, y en mi caso, ya ni los miraba. El domingo, la cosa se puso caliente. Los partidos comenzaron a caer, uno tras otro, y los amigos comenzamos a llamarnos. Habíamos acertado seis, siete, ocho… nueve… Mierda, el pleno al quince lo fallamos, pero bueno, el resto parecía ir bien. Diez, once, doce y trece. Trece resultados ya nos daba para una alegría. Nos teníamos que esperar al del lunes, un Valencia-Madrid (o Madrid-Valencia, no lo recuerdo), pero vamos, que la cosa era para alegrarse, pues teníamos un doble y si no empataban, nos llevábamos catorce resultados.

Recuerdo que esa noche, la noche del domingo, salimos de fiesta mi hermano, una pareja de amigos y yo. Teníamos concierto de Manowar en el Auditorio Arena, y con la alegría de la quiniela en el concierto me lo pase bomba. Y a la noche siguiente, sin poder aguantar, todos rezábamos por que perdiese uno de los dos. Nos daba igual, solo queríamos que perdiese uno. Y lo hizo. Sinceramente, ni me acuerdo de quien fue, ya que cuando pitaron el final del partido, con los nervios, ya estábamos todos los amigos llamándonos para ver cuanto dinero nos podía tocar.

Desgraciadamente, como suele pasar en estos momentos, fue una de las quinielas mas previsibles de los últimos años, y a pesar de haber fallado solo el pleno al quince, el importe que nos llevamos era de 1 millón de las antiguas pesetas. 1 millón, a repartir entre 20, salíamos a 50.000 pesetas cada uno. Para aquellos que no calculan en pesetas, vienen a ser unos 300 euros. Hoy en día no son demasiados, pero en aquella época, para unos universitarios sin trabajo, y donde los manuales caros de rol valían unos 20 euros y la media unos 15, nos daba para mucho material. Mucho.

En aquella época había una tienda de rol, pequeña y bastante chula, de un chaval que se había lanzado creyendo (en aquella época aún se creía eso) que de una tienda exclusiva de rol se podía vivir. Ludómanos, una de las grandes, ya estaba no era de rol, y Valhalla se encontraba en una decadencia rolera abrumadora, siendo los aficionados de rol empujados de las mesas donde anteriormente pintábamos figuritas y jugábamos partidas por una nueva generación de jugadores de Magic. Además, esta tienda nueva tenía una oferta que la hacía especialmente atractiva. Tras la compra, tirabas un dado de 20, y si sacabas en 20, la compra te resultaba gratis. Sin ninguna otra condición. Gratis. Todo lo que tuviese esa compra.

Así que nos dirigimos al a tienda, cogimos todo lo que queríamos y se encargó uno de mis amigos de pagar. La compra entera ascendía a más de 150.000 pesetas. Más de 900 euros en material rolero, entre manuales, dados y figuritas. El dependiente sacó el dado de 20.

Tiró mi amigo, y salió 20.

Tras eso, y con su cara blanca como fondo, volvimos a comprar cosas, más que nada por no dejarle con la caja vacía, porque nos supo mal. Claro que ya no había tanto que deseásemos, y esta compra, quizá, llegase a las 25000 pesetas. Unos 150 euros entre todos. Y el dado. Y, por supuesto, en esa segunda tirada volvimos a tirar, pero ya no salió 20. Y la verdad es que nos supuso algo de alivio.

Y, si, mi amigo todavía tiene el d20. Ese dado de 20 caras que le costó más de 150.000 pesetas al dependiente, y que para él supuso el dado de 20 caras más caro del mundo.



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