Antes de entrar a formar parte del imperio de Hungra, Vilés era un pequeño reino independiente, creado gracias a la unión de pequeñas villas de pescadores y cazadores que habitaban la zona. En ese reino, los reyes eran guerreros que recorrían la comarca ayudando a los necesitados con un pequeño grupo de soldados. Era una época en la que los Reyes de Vilés eran muy queridos por sus súbditos, y no había casa que no les aceptase con respeto y alegría, contentos por su presencia.

Con la absorción de Vilés por el imperio de Hungra, la familia real fue encarcelada y trasladada a la capital, y los súbditos más fieles fueron ejecutados sin piedad. El rey de Vilés fue asesinado, en un juicio que fue un simple paripé. Sin embargo, gracias a uno de los amigos íntimos del rey, el príncipe, un pequeño bebé que no llegaría a los diez meses, fue trasladado a un lugar seguro y oculto.

Cuando creció y volvió, descubrió que lo que el amigo de su padre le había estado contando estaba corrompido. El valido que gobernaba Vilés en aquellos momentos, junto con toda la corte de nobles decadentes había transformado la ciudad en algo que el Príncipe de Vilés no sentía como propio. Y cuando estaba a punto de marcharse al lugar donde el amigo de su padre y su mentor le había criado durante toda su vida, un altercado le hizo enfrentarse a la miseria y pobreza que había aparecido en los pocos años que había estado desaparecido. Desapareció entre las calles, buscando un lugar donde establecer su guarida.

Cuenta la leyenda que a día de hoy todavía existe un descendiente de aquellos Reyes, descendiente directo del Principe, que vive como un ciudadano más, pasando desapercibido entre sus convecinos. Se dice que es consciente de su herencia, y actúa tras las sombras, ayudando a los indefensos.



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