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Seguir con interés el desafío y participar en él hace que confirmes que los roleros, ya se encuentren en una punta del mundo u en otra, sufren, disfrutan y viven todos de experiencias similares. Muy similares. Y de entre todas esas experiencias, una de las más comunes es la de la peor sesión.

He estado leyendo a mis compañeros del desafío, y me he visto reflejado en numerosas peores sesiones. Desde másters que no entienden los principios básicos del mastereo, sesiones en los que no cuadras para nada con la forma en la que te gusta jugar y divas del rol que creen que molar es una forma de conseguir que los demás se lo pasen fenomenal, hasta destroza partidas, tocapelotas y sistemas horrorosos intentados llevar a buen puerto en partidas de prueba.

Sin embargo, en mi caso tengo que confirmar que mi peor partida es la que, coincidiendo con muchos aficionados, se produce a la hora de juntar demasiados aficionados en una misma sesión. La historia, además, es bien común a las leídas.

Cuando empezamos a jugar, antes de que se produjese el famoso crimen del rol, nos juntábamos los sábados por la mañana en algunas aulas del instituto para jugar nuestra primera partida del fin de semana. En aquella época yo llevaba tan solo unos meses jugando (siempre como máster) y me sentía completamente fascinado por las posibilidades de esta afición recién descubierta. Y por esa misma razón, me preguntaba como era posible que no estuviese TODO EL MUNDO jugando a lo mismo, así que me convertí sin darme cuenta en un autentico profeta del rol. Además, como decía un jefe, a mi se me puede considerar, si tuviera que dárseme un adjetivo, un amigosmundi. O dicho de otra forma, no me cuesta conocer gente y hacerle partícipe de todo aquello que me interesa.

Ambas cosas fueron los que produjeron el desastre.

Durante los meses en los que llevaba jugando no me cansaba de recomendar las partidas, ofreciéndole a todo el mundo que, si lo deseaba, participase. Que viniese a una partida. Que al menos lo probase una vez. Pero claro, los sábados por la mañana es algo complicado, y gran parte de la gente a la que se lo decía me contestaba que más adelante, que ese fin de semana no podían, etc, etc, etc. De vez en cuando venía alguno o alguna. Y de esos, alguno se apuntaba una vez. Otros venían algunas partidas alternadas, y los menos se convirtieron en fijos.

En aquella época jugábamos al AD&D en el estilo más old-school que pudierais imaginar. Aventuras cortas que comenzaban en una taberna, con los mismos personajes, y tras la cual volvían a descansar. A lo largo del tiempo, la historia se volvía rica, enlazada por una trama secundaria que le daba un sentido al conjunto, pero las aventuras diarias permitían que algunos personajes apareciesen y desapareciesen en cada aventura, para volver al cabo del tiempo con más aventuras. Así que cuando algún amigo de los periódicos o de los que venían de peras a uvas quería aparecer, no había problemas. Eso producía que algunas partidas fueran de 3 personajes (el núcleo), gran parte de las misas fueran de alrededor de 5 personajes, y algunas veces llegásemos a 7, 8 o 9.

Sin embargo, llegó el día del desastre. Uno de esos fines de semana que por alguna razón dictada por los dioses, nadie tenía nada que hacer. No se iban al pueblo a ver a familiares, no había fiesta que celebrar, el tiempo no era ni bueno ni malo… y a todo el mundo le dio por venir a la partida. Durante la semana comenzaron a confirmarme su asistencia todos aquellos que venían de vez en cuando o esporádiamente. Y yo al principio me sentía muy contento… hasta que comencé a darme cuenta de que quizá habían demasiados. Aún así creía, iluso de mí, que podría sin problemas.

Y llegó el sábado. 19 personas. 19 personas sentadas en una macromesa de rol, formada por mesas de instituto individuales. Y aún así, llegué a creer que podría controlarlos, hasta que comenzó la partida. Creo que tardé diez minutos en darme cuenta de que iba a ser imposible. Nada más comenzar, la dispersión se disparó. Al intentar comenzar con la aventura, en la taberna se hicieron grupos, y estos grupos comenzaron a hablar entre ellos. Al no hacer caso a algunos jugadores, estos se pusieron a hablar entre ellos de otras cosas, y al hacer ruido, el volumen de las conversaciones fue subiendo.

Y aún hoy sigo recordando esa sesión la más desastrosa de todas las de mi vida como rolero.

Esta entrada pertenece al Desafío de los 30 días. Puedes ver las reglas aquí, y al resto de los desafiantes en este post.

Esta entrada y el resto de entradas del Desafío de los 30 días van a ser etiquetadas con el hashtag #Desafío302014 propuesto por Jesús Rolero.



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