(Hoy le tocaba también jugar a las selecciones de Asturnazarí y Culebra Island, pero a pesar de que ambos han entregado sus trabajos a tiempo, he decidido posponerlo a mañana para que no se apelotonen las votaciones. Esto retrasará a su vez en un día los partidos de R’lyeh vs  Carcosa y de Estorio vs Atlantis, pero los plazos de entrega siguen siendo los mimos).

Ambas selecciones debían enfrentarse creando un relato en tono histórico que incluya la palabra y/o el concepto “el gato negro”

La Selección A ha optado por 3 de octubre de 1849, un inquietante relato para leer bajo una luz de gas con una estrella invitada que a más de uno le resultará familiar. La selección B ha escrito Una vida normal, una historia sobre heroísmo cotidiano en la Francia ocupada por el III Reich.

Selección A

3 de octubre de 1849

Las puertas del Gunner’s Hall se abrieron violentamente y dos hombres salieron, tambaleándose, a las polvorientas calles de Baltimore. Ambos caballeros, mal afeitados y con pinta de truhán, dejaban tras de sí un rastro como el tufo de una destilería de whisky y sonreían como el gato que se comió al canario. Evidentemente se sentían satisfechos por haber cumplido su deber como ciudadanos; votar por el candidato que les pagara más rondas de matarratas.

Bajaron por la avenida riendo groseramente, empujándose entre ellos y a otros transeúntes. Debatían a grito pelado y con voz pastosa cómo festejar el fin de un provechoso día. El más alto, un joven rubio de ojos acuosos, declamaba para quien pudiera interesar que la más juiciosa decisión sería pulirse el sueldo en una casa de damas de mala reputación y buena disposición. El más bajo, un obrero moreno y rechoncho apodado “el Tenazas”, discrepaba y a gritos se reafirmaba en la opinión de que la mejor opción era llegarse a una taberna, menos fina pero más barata que la que acababan de dejar, e igualmente pulirse el sueldo. Pero en bebida. “Y después, apalizar a un irlandés” – concluía a modo de punto y final.

Todavía intentaban ponerse de acuerdo cuando oyeron unos gritos suplicantes, unas débiles exclamaciones, que venían del callejón frente al que pasaban en ese momento.

–       ¡Auxilio! ¡A mí! ¡Sus manos descompuestas! ¡La mirada de sus cuencas vacías!

Los dos caballeros se asomaron, curiosos pero precavidos, a la oscura y estrecha calle. Lo único que vieron fue a un hombre solo, que desvariaba a cuatro patas en el suelo. Intercambiaron una mirada de complicidad y se acercaron a él movidos por el más noble de los sentimientos, la esperanza de ganarse unos dineros honradamente.

El Tenazas, el más fuerte de los dos, agarró al desconocido por las solapas del la chaqueta y lo puso medio en pie.

–       Joder, Nervios – pues así llamaba a su rubio compañero –, al principio m’había asustao un poco al oírlo, pero no’s más q’un borracho. ¡Pero habla mu bien! ¿Llevará dinero?

Nervios observó por encima del hombro de su compadre al hombre de mediana edad que éste sostenía, y al que registraba los bolsillos con mano ligera. Vestía ropa vieja y sucia, sin chaleco ni corbata, y varias tallas mayor de lo que le correspondía. Al caer el sombrero de paja al suelo pudo ver una cara demacrada y pálida, en contraste con un negro y espeso bigote, y el oscuro pelo totalmente despeinado. Los ojos sin brillo del hombre miraban a un punto indeterminado sobre sus cabezas mientras mascullaba algo ininteligible.

–       ¡Eh, pero si sé quién es éste! – le dijo al Tenazas – Es el escritor ése de los periódicos. ¡Es un tío famoso!

-Pues el hijoputa no tié ni un clavo. Eh, hijoputa famoso, ¿tiés dinero? Seguro que te lo has gastao en opio, cabrón, qu’el aliento no te huele a bebida – le imprecaba al tiempo que lo sacudía y lo abofeteaba. Hasta que Nervios le convenció de buscar a otro pardillo, pero con dinero y que al menos se defendiera para que fuera más divertido.

Mientras se dirigían a la otra salida del callejón el Nervios miró atrás. El escritor alucinado salía a la calle principal y se dirigía, más por azar que por voluntad, hacia el Gunner’s. Pero más le llamó la atención y le produjo un escalofrío fijarse en un gatazo negro y tuerto que no había visto antes. Plantado en mitad del callejón mirándole con su único ojo con una extraña expresión. Como pagado de sí mismo.

SELECCIÓN B

Una vida normal

Una vida normal. Si ya era algo difícil, cuando extranjeros armados invaden tu país, no es más que una utopía inalcanzable. Por más que prometan que nada va a cambiar y que la gente debe seguir con su rutina, todo cambia. Por muy espaciosos que sean los muros de tu prisión, en el momento que alguien te dice que es lo que tienes que hacer y pone límites, la sensación de agobio y claustrofobia preside cada segundo de tu existencia, no puedes obviarlo. Menos cuando sabes que cualquier descuido, una mala palabra, un olvido… Pueden poner fin a tu vida o algo peor.

En agosto de 1940 su mundo había sufrido un fuerte revés. Alain era un muchacho malgache de color, “de color negro oscuro”, como decía él. Así que él no encajaba en el concepto de “normalidad” nazi. Ya desde que comenzara unos meses antes, lo que sus amigos llamaban “la invasión”, sabía que tendría que empezar a vivir como un forajido si no quería acabar en un campo de trabajo. Aparte de su llamativo color, Alain era muy delgado y bastante alto, solo su nariz y sus labios podían llevar adjetivos como ancha o gruesos. En su barrio y su entorno era conocido como “gato negro” (Le chat noir) por sus movimientos felinos y por su oscura piel.

Si algo impedía a Le chat abandonar su “piso” (un estrecho sótano en un edificio que parecía a punto de ser derruido) en París era Marie Louise. La joven provenía de una familia humilde y trabaja en una fábrica de conservas en las afueras, pero era todo lo que Alain tenía en el mundo. Podía aprovechar la noche para, arriesgando su vida, gracias a su agilidad subirse a uno de los vagones de mercancías y acercarse a pasar un par de horas con ella.

Nada sabían ellos de política ni esperaban cambiar el mundo, pero Hitler había puesto un muro casi infranqueable en una vida, que ya antes no auguraba ser demasiado sencilla. Ambos habían perdido a familiares y amigos, pero sobre todo Alain y el dolor se reflejaba en sus grandes y brillantes ojos oscuros.

Mientras pudiera, Marie seguiría trabajando en la fábrica porque tenía que ayudar a su madre enferma a cuidar a sus cinco hermanos y sacarlos adelante.

Pero a Alain le tocaba encorvarse, erizar su cabello, levantar el rabo, enseñar los dientes y sacar las uñas. El gato tenía que plantar cara y unirse a la resistencia…

Solo esperaba que sus habilidades pudieran contribuir en algo y que su cierta muerte no fuera en balde.

VOTACIONES

Ahora le toca al público. Recordar que debéis votar en estas tres categorías:

DESTREZA: ¿Cual considerarías que tiene mayor calidad?

FUERZA: ¿Cual es más probable que uses como inspiración para una de tus partidas?

ELEGANCIA: ¿Cual crees que se ajusta mejor a la definición “un relato en tono histórico que incluya la palabra y/o el concepto “el gato negro”?

Puedes votar en un sondeo creado en la lista de Trasgotauro o enviando un email privado a mundialitorolero@gmail.com. Las votaciones se cerrarán el próximo viernes día 10 de septiembre.



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