Existen miles de dioses que por su influencia y escaso poder se les considera dioses locales, inferiores o protectores. Estos dioses no tienen más que algún pequeño altar en alguna casa, en un cruce de caminos, en algún rincón de un bosque o compartiendo una capilla con otros dioses similares.

Son dioses de escaso poder, pero que mantienen bajo su protección una cuidad, un pueblo o una zona. Generalmente se les llama como la población o la zona que protegen, como en el caso de Vilés, que cuenta con el honor de tener un pequeño templo en la parte alta de la ciudad. También es el caso de Lingua, dios del río con el mismo nombre, cuyas aguas otorgan su bendición a todo aquel que le reza.

En las poblaciones, los dioses protectores suelen ser venerados por los clérigos locales, que les rinden tributo y realizan actos en su honor. Cuando el dios protector prefiere vivir en un río, montaña o bosque, suelen ser los druidas de la zona los que les rezan, ayudándoles en muchos casos con la tarea de protegerla y preservarla. Es muy raro, pero no imposible, encontrarse incluso con dioses protectores que protegen a familias nobles de rancio abolengo. Muchos caballeros adoran a la deidad de sus antepasados, de la que probablemente desciendan.

Las deidades inferiores, o protectoras, no son lo suficientemente poderosas como para proporcionar poderes a sus acólitos. Por otro lado, estos tampoco suelen pedirles nada. Sin embargo, cuando uno de los acólitos esté haciendo algo importante a favor de la ciudad, del bosque, de la familia, o de lo que el dios esté protegiendo, este suele otorgarles 1d4 Puntos de Fortuna mientras dure esta acción. Esto convierte algunas ciudades, en las que toda la guardia es acólita de la ciudad, especialmente difícil de conquistar.

Los escasos sacerdotes de estas deidades reciben Hogar (3)



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