Hay mucha gente que cree que cuando te pones a escribir es porque, cuando te sientas delante del papel una idea maravillosa te viene a la mente, y puedes ponerte a desarrollarla tal y como te viene. Y que si esa idea no viene, entonces es imposible por lo tanto ponerse a escribir.

Pensar eso es un error.

Las ideas, la inspiración, no se pone en marcha cuando la buscas como si fuera un interruptor que puedes presionar cuando más te apetece. La inspiración es esa trampa que los escritores buscan a través de la maleza, cerrando los ojos cuando la encuentran, para intentar caer en ella. Es ese ramalazo, esa idea que te llega en el momento más inesperado, pero que lleva bastante tiempo rondandonos por la cabeza. Es el final de la campaña de fantasía que estamos escribiendo, al que llevamos meses dandole vueltas, que te viene al leer un libro de novela negra. Es el objeto que necesitas para que los personajes tengan un motivo por el que embarcarse en la aventura mientras estas escuchando en la radio un noticiero. Es la regla que te permite modelar el sistema que vas a aplicar para el combate mientras lees un libro de teoría matemática.

Al igual que a Arquimedes el eureka le vino mientras se bañaba, a los escritores de juegos de rol la inspiración nos puede venir en cualquier momento. Mientras estas hablando con amigos escuchando sus historias, mientras estás dirigiendo una partida el fin de semana y descubres un giro en la aventura que tus jugadores no toman y el escritor de la aventura tampoco. Mientras lees un libro, paseas por la calle o ves las noticias.

Pero no creas en el error de la inspiración por la inspiración. La inspiración viene cuando la trabajas, y como en cualquier ejercicio físico o mental, tan solo la búsqueda continua de soluciones a las necesidades que nos planteamos consigue que nos venga con mayor facilidad.



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