La verdad es que si hay algo que no nos falta a los jugadores de rol, y por ende, a aquellos que desean escribir cosas para los juegos de rol, es imaginación. Es posible que sea simple o que este condicionada. Es posible que sea lo suficientemente desafortunada como para atraparnos cuando no debemos. A mi, por ejemplo, las noches que no puedo dormir, cada vuelta en la cama suele ser un nuevo objeto, una nueva idea o una nueva situación que me parece genial desarrollar para mis partidas. Pero, al fin y al cabo, es imaginación.

Y es que no podemos negarlo. No hay jugador de rol que no deje sus engranajes mentales en marcha en algún momento. El mismo proceso de reírse de las situaciones que le pasan al resto de los personajes implica un proceso de imaginación en la que el jugador “se imagina” la situación por la que está pasando el personaje del otro jugador. Las conspiranoias que se nos ocurren suelen ser auténticos ejercicios de la imaginación, de las que muchos podrían estar orgullosos si se hubiesen pasado al papel.

Pero, como todo, estas ideas se nos ocurren en ocasiones en momentos en los que no podemos desarrollarlas. Y cuando nos sentamos mas tarde junto a una libreta, en el ordenador, etc, para comenzar a escribir sobre cualquier cosa, no nos viene nada a la mente, o nos viene la idea básica, perdiéndose en el limbo de los recuerdos todas las grandes ideas que han pasado por nuestra mente. Obviamente, una manera de evitar que todas esas ideas se pierdan es apuntarlas cuanto antes en nuestra libreta, pero llega un momento en el que si uno es ligeramente prolífico, al final es posible tener varias decenas de hojas de ideas.

En muchos casos, las ideas son semillas de proyectos completos, pero en otros casos son simples complementos cuya primera opción sería añadirlos, desarrollo mediante, a otro proyecto más extenso. Por ejemplo, ideas de encuentros, trampas u objetos que enriquecen una aventura. Ideas de aventuras que enriquecen una campaña. Ideas relacionadas con un tema que enriquecen una guía. Etc, etc, etc.

Todas estas idea, apuntadas, al no estar clasificadas se pierden entre el maremágnum de ideas pendientes que pensamos desarrollar en el futuro. Y, cuando de repente encontramos una de dichas ideas escondida entre el resto, descubrimos que es frustrante el no haberla añadido en su momento, mejorando (poco o mucho) el resultado final del texto entregado.

Es bueno, de vez en cuando, ir revisando la libreta o las notas apuntadas que vamos recopilando para clasificarlas. No es necesario una clasificación exhaustiva, detallada, mediante un programa con etiquetas y comentarios. Si eres usuario de ordenador (que lo más seguro es que sí), basta una simple clasificación por documentos donde cada documento englobe las características de la idea (tipo de ambientación, tipo de idea, etc). Si prefieres métodos más manuales, las tarjetas son estupendas para estas cosas, permitiéndote tener en un archivador todas tus ideas.

Cuando comiences un nuevo proyecto, revista las ideas que por su clasificación puedan aumentar las cualidades del texto que vas a desarrollar, pegando una lectura rápida a todas ellas. Es posible, no solo que puedas aprovechar algunas de dichas ideas, sino que incluso te surjan otras nuevas que con las que trabajar.



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